Desde el ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York, en septiembre de 2001, la religión islámica ocupa el centro del debate internacional. Los principios del Islam, y esencialmente su sistema de prohibiciones y su rigurosa postura en contra de los valores vigentes en Occidente, se ponen en entredicho. Suele ser de buen tono distinguir entre un islamismo abierto, pacífico y compatible con la modernidad, y otro integrista, que esgrime un ideario intolerante para la práctica la fe. Pero, ¿resulta pertinente esta diferencia? ¿No tiene que ver, quizá, con una actitud «políticamente correcta» que evita todo debate de fondo, en detrimento del necesario análisis?